Antonio Cobos
Manuel Coronado, el singular artista de Aguilas que un día se sometió al tormento de la norma en heladas tierras nórdicas para domeñar la rugiente mezcla de sangre fenicia, ibérica e islámica que discurre por sus arterias, ha traído a Madrid un conjunto de obras que, al margen de sus enjundias intencionales y atisbos escatológicos, son realmente inquietantes.
Con mucha frecuencia suele hurgarse en las entrañas conceptuales de la obra de Coronado y en su entorno estilístico buscando antecedentes comparativos, en tarea odiosa y también ociosa, porque es inútil tratar de encasillar lo incasillable y pretender definir lo indefinible. La obra de este artista no puede parecerse a la de ningún otro por ser, precisamente, cúmulo y trasmutación de muchos de los hallazgos estéticos que en el mundo han sido.
La obra de Coronado, concretada con una precisión que cierra puertas a la abstracción pura, es mixtura de alquimista en la que burbujean impulsos de sensualidad contenida, de contestación sardónica, de lirismo agazapado y de dramatismo sordo. Apurando mucho en el intento definito rio, tal vez pudiera llegarse a la conclusión de que la pintura del murciano entra de lleno en un ultraexpresionismo acre dulcificado al integrar en él, como macla por inclusión, formas gestadas en el subconsciente. Ello es tan así que lo están diciendo a voces las facies cerúleas y plasmadas de provincianas en trance de contención forzosa, de exclaustradas inmersas en remordimientos y de marchitas flores del mal, emergiendo de entre desflecamientos y tenebrismos que no pueden evitar la afloración al exterior del fuego cromático levantino que crepita soterradamente.
Prescindiendo de viejas glorias, dentro del arte al día, tenemos en España el tesoro de grupo de pintores, en el que se encuentra Coronado, que debería de ser primado como nuestro mejor y más estimable producto de exportación.

