Manuel Coronado

LA EPOCA DE LAS ESPERANZAS


Manuel Coronado (Murcia, 1942) ha inscrito casi toda su vida en Palma de Mallorca, avecin­dando sus últimos diez años en Alaró y ganando con serena maestría un puesto de ciudadanía en la pintura española de nuestro tiempo. Algunas exposiciones felices han hecho habitual para no­sotros unos paisajes de indefinida vocación metafísica, alegres, casi jubilosos en su color, pero marcados por el signo de una ambigua tristeza; en ellos veíamos unas veces reflejarse la intuición sorprendente de lo que podía ser la creación reemprendida, quizá las cenizas verdes y azules, diáfanas y armoniosas de un apocalipsis de nuestra especie. Ahora han cambiado en el horizonte de este mundo de imágenes, colores y formas, gamas y veladuras, luces y sombras, casi inapre­ciables gestos surgidos, nadie sabe de donde, y de los que el pintor se convierte en narrador y cronista. Todo se comporta en los límites del cuadro como si una conciencia de que nos encon­tramos de por siempre asomados a un abismo inevitable, a .un báratro en el que convergen la totalidad de nuestros peligros, nos hiciera herederos de la catástrofe, del dolor inevitable y la creciente tiniebla. Los colores, fríos y cálidos, son como arpegios de una sinfonía en la que se repite el mismo tema desde mil tonalidades diferentes. Y la primera visión del tema que la obra propone, nos va ganando en introducibles mensajes que van desde la tristeza a la desesperación.


Pensamos que el azul es un último presentimiento, casi un frustrado deseo de elevar la frente hacia el cielo y de volver a encontrarlo. Percibimos, sin ninguna duda, que en los matices del negro, hay figuras que se debaten, que en un momento determinado toman nuestro nombre y adoptan nuestra decisión; son el rostro hacia el que nos lleva la nostalgia, el deseo o cualquiera de las mil abominables conjugaciones que transforman los días en algo circular e idéntico. Nada se puede hacer, pero en un extraño encuentro de sorpresas todo se hace.


El misterio de dolor se vuelve en un trazo enigma de amores, y la sombra vuela, y los colo­res, que van desgranando su espectro armonioso, como si los promoviera un impulso musical, se llenan de perfiles a la vez inéditos y tremendamente antiguos. Son, la amistad y el amor, la pala­bra feliz y el gesto afectuoso, la abnegación y el consuelo, elcalor de un cuerpo que nos ama y sufre tan solamente de nuestra propia desdicha. En los mares del olvido se encuentran radas de proyecto, increíbles playas de consuelo. Y, así, casi sin que podamos advertirlo, los cuadros nos incitan y nos llaman a vivir una nueva época de esperanzas.

RAUL CHAVARRI

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