Manuel Coronado

Juan Pla

Me resulta absolutamente fácil, casi vergonzoso, decir que Coronado ve las cosas a través de un cristal de muchos colores.

Aquí no hay prisma cristal, ni veladuras mágicas, ni situaciones oníricas, místicas, eróticas y líricas. Pero, si alguien se empeña, existen. Permítanme opinar, equivocarme a gusto:

Esta pintura de Coronado es una crónica de sucesos, algo parecido a lo que escribe Truman Capote, por citar un buen cronista. Todo sucede así, porque Coronado sabe -de sabiduría- manejar un pincel, despacito; milímetro a milí­metro. El trabajo de un investigador, que siempre es un domador nato de ves­tigios importantes y nunca un copiador, ocurre y crece, siempre, de forma con­tundente y muy sencilla.

La pintura de Coronado es de una sencillez casi incomprensible. Los pies del fenicio Coronado han sabido triscar el mundo, en busca de pinturas, materias, de pintores, de ideas y de esa carga elemental de pasión -el júbilo y la mierda de vivir- para poder pintar, que es como poder decir, en pura realidad, la realidad exacta de lo que a uno le pasa. ¿Dónde está la realidad de Coronado?

Nunca había visto yo una definición personal tan realista, tan concreta y tan clásica, de pura clase. Uno se encuentra a gusto, aquí entendiendo a meros golpes de vista esa confesión vital de Coronado. Hed ahí, en sus lienzos, la cara del hambre y otra del deseo y otra de la risa tremenda. Ese hombre-mujer que parió la luna, el dolor y la buena fortuna tiene una sonrisa, una risa y una mor­dacidad mucho más actual que la muy manida sonrisa, risa o ironía de Mona Lisa. Sacaré el diapasón musical: Coronado influye musicalmente.

Tengan cuidado mis colegas, los escritores: Coronado, con sus pinturas, está haciendo la crítica literaria más tremenda que uno pueda imaginar. Me temo que, tanto como pintar, le gusta mortificar. Es un cepo de ratones literarios. A poco que uno se descuide en el corral de la palabra, cae en la vanidad de aquello: «cromatismo mediterráneo», «realismo y surrealismo poético», «misterio y poesía», «luces interiores», etc. Lo más serio de le crítica es la cara seria que ponemos al ejercerla. No. De ninguna manera: Coronado no es un pintor literario. En todo caso, podrá entenderse con un buen músico, si conviene escribir sobre su obra.

Voto, me voto a cronista: Acabo de ver la expresión de algunas caras en los lienzos de Coronado. Me parecen las caras de nuestra cultura artística, esa palidez nuestra de intelectuales tapiados y bien censurados. El sexo se nos puede salir por los ojos o por las grietas del cerebro, pero no conviene que lo tengamos en su sitio. Las ideas pueden circular, si circulan extrañamente, en espirales fan­tásticas -¡qué belleza, qué agudeza, qué sutileza!-, pero no es prudente que sean como hoces o como martillos, porque se les vería el plumero. He ahí el rea­lismo de Coronado. Acaba de decir que nuestra realidad es y pertenece a la magia, más acá o más allá de toda razón vigente. Tengo ganas de referir la pe­nuria del niño Manuel Coronado, que incendió un gato de Angora, siendo él tan tierno y tan sensible, Porque su sociedad -aquella señora de su sociedad infan­til- no quería compartir, cristianamente, la mugre de aquellos murcianos que llegaron, hace muchos años, a edificar, con ladrillos, la grandeza turística de Mallorca.


De ahí, y de otras muchas penurias, nació Coronado, con apellido militar, ordenancista, triunfal, ¿Acaso será extraño que su pintura sea hoy, de cara a la fortuna, un tremendo testimonio de lirismo reprimido? Yo, por lo menos no me quedo tranquilo ante tanta delicadeza. Algo se incendia en la trastienda de cada pincelada. Hay fuego de todos los colores, como en la misma realidad de este tiempo.

JUAN PLA

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